Texto de opinión sobre "La Intrusa" de Jorge Luis Borges

 

Una mujer contada por otros

Texto argumentativo de opinión sobre “La Intrusa” de Jorge Luis Borges

Ignacio Jarazo

   En “La Intrusa”, Borges no presenta una historia cerrada ni una verdad única, sino un entramado de versiones que construyen a Juliana Burgos desde la mirada de los demás. A lo largo del relato, su figura aparece definida por discursos ajenos que la convierten en objeto de deseo, en causa de conflicto o en víctima, sin que ella tenga una voz propia. En la historia visible, los hermanos Nilsen comparten a Juliana hasta que los celos lo llevan a Eduardo a asesinarla para preservar su vínculo, ya que, ella le corresponde a Cristian y que eso que el mayor de los Nilsen ve, es suficiente para querer matarla. La mata porque ella eligió y Cristian también la elige. La mata por celos, la mata porque se siente traicionado, la mata porque entiende lo que está explícito entre ellos y que callan por él. Sin embargo, en la historia oculta, lo que se revela no es quién es Juliana, sino cómo es construida por quienes la narran y la interpretan. ¿Puede conocerse realmente a alguien cuando su identidad depende de lo que otros dicen sobre ella?

Para comprender este funcionamiento, es necesario explicar que el relato se organiza a partir de una serie de voces indirectas que nunca se presentan como totalmente confiable. El narrador no habla desde una posición objetiva, sino que adopta un tono cercano al rumor o al comentario colectivo, como si reconstruyera la historia a partir de lo que “se dice”. De este modo, los discursos sobre Juliana no provienen de una única fuente, sino de un entramado social: los propios hermanos, el entorno que los rodea y ese narrador que recoge y transmite versiones sin confirmarlas del todo. En este sentido, Ángeles Pérez Bernal señala que en el cuento “la figura femenina aparece como elemento que desencadena el conflicto entre los hombres”[1]. Esto permite ver que Juliana es ubicada en un lugar ya predefinido por esos discursos, más que construida a partir de su propia experiencia.

Esta forma de construcción se refuerza porque Juliana nunca accede a la palabra directa: no conocemos su pensamiento ni su versión de los hechos. Todo lo que sabemos de ella está mediado por otras voces que la interpretan y la reducen a un rol. Así como una figura reflejada en varios espejos nunca muestra un original claro sino múltiples imágenes deformadas según quién la mire, Juliana aparece fragmentada en esas distintas versiones que la rodean. Del mismo modo en que en ciertos relatos tradicionales una figura femenina queda definida únicamente por la función que cumple dentro de una historia ajena, aquí es presentada como el problema que debe resolverse. Como señala Pérez Bernal, “el personaje femenino funciona como un símbolo dentro de una estructura narrativa que remite a modelos previos”[2] En general, la sociedad tiende a construir identidades a partir de miradas externas que simplifican la complejidad de las personas, y en este caso Juliana queda atrapada en esas definiciones que otros imponen.

En conclusión, “La Intrusa” no expone únicamente una historia de celos y violencia, sino que muestra cómo una identidad puede ser construida, deformada y finalmente anulada por la mirada ajena. Borges presenta a Juliana como una figura que existe más en los discursos que en los hechos, y el narrador cumple un papel clave en esa construcción al reproducir versiones sin cuestionarlas completamente. Así, la verdadera “intrusión” no está en ella, sino en esas voces que la definen, la reducen y terminan justificando su destino.



[1] PÉREZ BERNAL, Ángeles, “El texto bíblico en La intrusa de Jorge Luis Borges”.

[2] La autora vincula el cuento con estructuras del relato bíblico en las que la mujer aparece como elemento simbólico dentro de conflictos ajenos.

 

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